jueves, 7 de diciembre de 2006

En defensa del alimoche

Se incorpora a este Cuaderno un hermoso cuento escrito por Marcos, alumno de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Montes de Madrid.

LOS VIAJES DE ULISES
(Un alimoche aventurero en el Estrecho de Priego)

CAPÍTULO I: MIRANDO A LAS MUSARAÑAS

Las primeras luces del alba anuncian un nuevo día. Clarea el horizonte y desde aquí, desde la cuevilla de la Hoz del Escabas, uno puede sentir como la niebla acaricia las laderas repletas de bujes y sabinas. Un velo translúcido esconde, provisionalmente, un lugar mágico habitado por seres efímeros. Es el misterioso mundo de la bruma, ese espacio etéreo robado a los valles sólo por unas horas de la noche y del día.
En el laberinto de humus y hojas secas, un escuerzo, o sapo común, cava su madriguera ya fatigado de sus andaduras noctámbulas. Si las noches salen buenas, los escuerzos interrumpen temporalmente su letargo invernal para dar una vuelta y comer algunas lombrices de tierra y babosas. En las noches templadas y húmedas de los meses más fríos la vida aflora temporalmente a ras de suelo. Sale el escuerzo y también se atreven a dejar sus escondites las ranas verdes y los sapos parteros, corredores y de espuelas. Salen los escarabajos carábidos y los tenebriónidos, los escarabajos peloteros, los enterradores, el escarabajo errante, algunos barrenillos de la madera y el gusano de alambre. Las lombrices de tierra van subiendo poco a poco a la superficie en busca de la fina capa de materia descompuesta del suelo. Algunas babosas dejarán su característica huella fosforescente después de la lluvia.
Como el escuerzo, son muchos los animalillos que buscan algo que llevarse a la boca recuperando, temporalmente, un metabolismo activo. Al final de su corta aventura, bastarán unas contadas gotas de rocío para saciar la sed y volver cada cual a su sitio. Inmóviles, como cortezas de pino, aguardan en su refugio adormecidos, intentando que las reservas acumuladas aguanten hasta la siguiente noche templada.
De los escuerzos se han dicho muchas mentiras. Su imagen alimentó los rituales de brujería y multitud de leyendas populares. Se decía que, al cogerlo, podía mear a su captor dejándolo ciego o haciendo que no creciera si era un niño, pero sólo puede achacarse a los escuerzos el hecho de poseer dos glándulas parotídeas secretoras de bufonina, una sustancia levemente irritante y de sabor desagradable que les hace poco apetecibles para sus depredadores naturales.
Algunos longevos escuerzos han llegado a vivir más de veinte años. Llegarán a viejos menos de uno de cada mil. Llegarán a viejos sólo aquellos que se libren de los dientes del turón y la culebra de collar, de la nutria y del tejón, sólo aquellos que se libren del pisotón y del zachazo, de ser atropellados o de morir silenciosamente envenenados en nuestros huertos, pero el latido de la vida continúa en el mundo de la bruma y de un tronco viejo de quejigo asoma, desperezándose, el lirón careto. Saben los caretos todo lo que hay que saber de coger bellotas de coscoja y de encina. Saben tapizar sus madrigueras de un finísimo manto aislante de briznas vegetales.
Mientras el careto se afana en la captura de un grillo de bosque despistado, el ulular lúgubre de un cárabo rasga el casi silencioso bullicio de la noche, y casi nada, un instante, es lo que ha tardado el lirón en recorrer, de forma automática, los siete metros que van desde el claro de bosque al tocón del quejigo. Crean los lirones, los topillos y los ratones de campo completísimos mapas mentales. Memorizan cada detalle, cada paso, cada obstáculo de sus secretas sendas para poder volar, más que correr, en caso de peligro. Corren hasta tal punto que chocarían con cualquier cosa que haya cambiado en el transcurso de su corta ausencia.
Los mapas mentales guían a los roedores en los intrincados laberintos de galerías subterráneas, desde las despensas a las cámaras de cría, y, desde éstas, a cada una de las salidas exteriores. La vida palpita en las profundidades de la tierra mientras cae la helada en la noche. La bruma se convierte ahora en escarcha y la vida que afloraba hace sólo minutos se esfuma como por arte de magia. Sólo aquellos animales con tamaño y protección suficiente para mantener su temperatura corporal seguirán vagando por el campo.
Un nuevo ulular del cárabo, esta vez más estridente, más agudo, delata a la silenciosa garduña. Los inviernos van pasando para ella a duras penas comiendo los gálbulos o bolitas de sabina mora y de enebro, los escaramujos y, donde los hay, los madroños. La garduña marca los límites de su territorio con rastros de olor vehiculados a través de la orina y la secreción de diferentes glándulas epiteliales. Como señales visuales, deposita sus excrementos sobre lo alto de algunas piedras, en los claros de la vegetación o, de forma muy visible, en los caminos.
En el momento más secreto de la noche invernal, minutos antes de que el primer atisbo de luz asome por el horizonte, el silencio casi puede tocarse. Toda la tierra parece escuchar, tiritando, aguardando, el mensaje sonoro y visual del alba. Mientras un pálido haz luminoso se proyecta en el firmamento, la cogujada canta para decirle al mundo que la noche se acaba. Y así es, la cogujada canta y el sol parece despertarse poco a poco para ir asomándose. Antes de que muera la noche, el extraño maullido del mochuelo nos recuerda que cruzamos la barrera entre dos mundos.
Toda la tierra aparece cubierta de una fina película de agua cristalizada. Hasta las pocas hojas que aún les quedan a los espinos albares se cubren de plata.
Al rezumadero, donde mana el agua en lo hondo de un callejón de roca, sin embargo, no ha llegado la helada. Protegido por la espesura de bujes y acebos, el rezumadero acoge, todavía por espacio de unas horas, el milagro de ese mundo de bruma y rocío. Mientras un vapor etéreo se eleva desde allí al infinito, el petirrojo, el titiritero del bosque, bebe agua en la fuente de tobas y helechos.
En lo alto del callejón crece, desafiante, un tupido dosel de madreselva. Entre la hojarasca, los diminutos, brillantes e inquisitivos ojos miopes de las musarañas tratan de vislumbrar algo más que luces y sombras. Las musarañas tal vez sean los mamíferos terrestres más primitivos de nuestro bosque. Los más primitivos, los más voraces y los más pequeños, pero el sol comienza ya a calentar y, poco a poco, me desprendo de la apatía de alimoche viejo para preguntarme, una vez más, por qué diablos no tuve el valor de volar hacia África este último invierno. Solo y aislado espero, desde mi cuevilla, implacable, el paso del tiempo. Lo espero mientras vivo de los recuerdos que se alojan en mi anciana memoria. Casi medio siglo de idas y venidas, de aventuras, de preguntas sin respuesta y de vivencias que, sólo a ojo de buen alimoche, pueden contarse.

NOTA: Ulises busca colaboradores para ordenar los miles de datos anotados durante su vida errante, para poder, en cada número, plasmar algunos de ellos en la forma un nuevo capítulo de aventuras. Los interesados pueden contactar con él a través de la redacción del periódico o buscarlo en el cielo de la Hoz del Estrecho.

ULISES

NOTA: Ulises busca colaboradores para ordenar los miles de datos anotados durante su vida errante, para poder, en cada número, plasmar algunos de ellos en la forma un nuevo capítulo de aventuras. Los interesados pueden contactar con él a través de la redacción del periódico o buscarlo en el cielo de la Hoz del Estrecho.

1 comentario:

Angel Arias dijo...

Tere Villarino ha enviado como felicitación de estas fechas a los colegas del IIEE un magnífico Cuento de Wenceslao Fernández Flórez, que viene como anillo al dedo a los problemas forestales de Galicia y de España.

La Fraga de Cecebre

Un día llegaron unos hombres a la fraga de Cecebre, abrieron un agujero, clavaron un poste y lo aseguraron apisonando guijarros y tierra a su alrededor. Subieron luego por él, prendiéndole varios hilos metálicos y se marcharon para continuar el tendido de la línea.
Las plantas que había en torno del reciente huésped de la fraga permanecieron durante varios días cohibidas con su presencia, porque ya se ha dicho que su timidez es muy grande. Al fin, la que estaba más cerca de él, que era un pino alto, alto, recio y recto, dijo:
--Han plantado un nuevo árbol en la fraga.
Y la noticia, propagada por las hojas del eucalipto que rozaban al pino, y por las del castaño que rozaban al eucalipto, y por las del roble, se extendió por toda la espesura. Los troncos más elevados miraban por encima de las copas de los demás, y cuando el viento separaba la fronda, los más apartados se asomaban para mirar.
--¿Cómo es? ¿Cómo es?
--Pues es -dijo el pino- de una especie muy rara. Tiene el tronco negro hasta más de una vara sobre la tierra, y después parece de un blanco grisáceo. Resulta muy elegante.
--¡Es muy elegante, muy elegante! -transmitieron unas hojas a otras.
--Sus frutos -continuó el pino fijándose en los aisladores- son blancos como las piedras de cuarzo y más lisos y más brillantes que las hojas del acebo.
Dejó que la noticia llegase a los confines de la fraga y siguió:
--Sus ramas son delgadísimas y tan largas que no puedo ver dónde terminan. Ocho se extienden hacia donde el sol muere. Ni se tuercen ni se desmayan, y es imposible distinguir en ellas un nudo, ni una hoja ni un brote. Pienso que quizá no sea ésta su época de retoñar, pero no lo sé. Nunca vi un árbol parecido.
Todas las plantas del bosque comentaron al nuevo vecino y convinieron en que debía de tratarse de un ejemplar muy importante. Una zarza que se apresuró a enroscarse en él declaró que en su interior se escuchaban vibraciones, algo así como un timbre que sonase a gran distancia, como un temblor metálico del que no era capaz de dar una descripción más precisa porque no había oído nada semejante en los demás troncos a los que se había arrimado. Y esto aumentó el respeto en los otros árboles y el orgullo de tenerlo entre ellos.
Ninguno se atrevía a dirigirse a él, y él, tieso, rígido, no parecía haber notado las presencias ajenas. Pero una tarde de mayo el pino alto, recio y recto se decidió... sin saber cómo. Su tronco era magnífico y valía muy bien veinte duros, aunque él ni siquiera lo sospechaba y acaso, de saberlo, tampoco cambiase su carácter humilde y sencillo. El caso es que aquella tarde fue la más hermosa de la primavera; las hojas, de un verde nuevo, eran grandes ya y cumplían sus funciones con el vigor de órganos juveniles; la savia recogía del suelo
húmedo sustancias embriagadoras; todo el campo estaba lleno de flores silvestres y unas nubecillas se iban aproximando con lentitud al Poniente, preparándose para organizar una fiesta de colores al marcharse el sol. Quiso la suerte que una leve brisa acudiese a meter
sus dedos suaves entre la cabellera de la fronda, tupida y olorosa como la de una novia, y bajo aquella caricia la fraga ronroneó un poquito, igual que un gato al que rascasen la cabeza, y luego se puso a cantar.
Como estaba contenta y en la plenitud de su vigor, prefirió de su repertorio una canción burlesca: la que copia el atenuado fragor del tren cuando avanza, todavía muy lejos, entre los pinares de Guísamo. Es la que más divierte a los árboles, porque lo imitan tan bien que muchos
aldeanos que pasan por las veredas se dan a correr al escucharla, creyendo que el convoy está próximo y que les será difícil alcanzarlo.
Con esto los árboles gozan como niños traviesos.
El pino, cantando en sordina entre los largos dientes de sus hojas, tenía un papel principal en el coro del bosque y merecía la fama de dominar la onomatopeya. Su propia felicidad, el alborozo pueril de aquella diablura, le movió a decirle al poste:
--¿No quiere usted cantar con nosotros?
El poste no contestó.
--Seguramente -insistió el pino, inclinando su copa en una cortesía- su voz es delicada y armoniosa, y a todos nos agradará que se una a las
nuestras.
El poste silbó malhumorado.
--¿Y a qué viene eso? ¿Qué cantan ustedes?
--Imitamos a un tren remoto.
--¿Y para qué? ¿Son ustedes el tren?
--No -reconoció el pino, avergonzado.
--Entonces, ¿qué pretenden con esa mixtificación? Ya que usted me interpela, le diré que no encuentro seria su conducta.
--¿Quizá le agrada más la canción de la lluvia?
--No.
--¿Acaso la canción del mar?
--Ninguna de ellas. Este es un bosque sin formalidad. ¿Quién podría creer que árboles tan talludos pasasen el tiempo cantando como ranas?
Yo no canto nunca, susurro apenas. Si ustedes acercasen a mí sus oídos, escucharían el murmullo de una conversación, porque a través de mi pasan las conversaciones de los hombres. Eso sí que es maravilloso. Sepan que vivo consagrado a la ciencia y que yo mismo soy ciencia y que todo lo que ustedes hacen a mi alrededor lo reputo como bagatela y sensiblería, si alguna vez me digno abandonar mis abstracciones y reparar en ello.
La opinión del poste pronto fue conocida en toda la fraga y ya no se atrevieron a entregarse a aquel entretenimiento que el árbol extraño y solemne, de ramas de alambre, acusaba de frivolidad. Llegó el verano y los pájaros se hicieron entre la fronda tan numerosos como las mismas hojas. El eucalipto, que era más alto que el pino y que los viejos árboles, daba albergue a una pareja de cuervos y estaba orgulloso de haber sido elegido, porque esas aves buscan siempre los culmenes muy elevados y de acceso difícil. Un día en que su esencia se evaporaba al fuerte sol con tanta abundancia que todo el bosque olía a eucalipto, se decidió a conversar con el poste y le dijo:
--He notado que no adoptó usted ningún nido, señor. Quizá porque no conoce aún a los pájaros que aquí viven y no han hecho su elección. Me gustaría orientarle, pues supongo que usted sostendría un nido con agrado. Nos convierten en algo así como un regazo maternal. Yo alojo a unos cuervos. No molestan, pero confieso que son poco decorativos. Quisiera recomendarle a usted las oropéndolas. Ya habrá visto que hay oropéndolas en Cecebre. Pues bien, cuelgan sus nidos con tanta belleza y originalidad que no desmerecerían de las que a usted le ennoblecen.
El poste crujió:
--¿Para qué quiero yo sostener nidos de pájaros y soportar sus arrullos y aguantar su prole? ¿Me ha tomado usted por una nodriza?
¿Cree que soy capaz de alcahuetear amoríos? Puesto que usted me habla de ello, le diré que repruebo esa debilidad que induce a los árboles de este bosque a servir de hospederos a tantas avecillas inútiles que no alcanzan más que a gorjear. Sepa de una vez para siempre que no se
atreverán a faltarme al respeto amasando sobre mí briznas de barro. Los pájaros que yo soporto son de vidrio o de porcelana, y no les hace falta plumaje de colorines, ni lanzarán un trino por nada del mundo. ¿Cómo podría yo servir a la civilización y al progreso si perdiese el
tiempo con la cría de pájaros?
Estas palabras circularon en seguida por la fraga, y los árboles hicieron lo posible para desprenderse de los nidos y para ahogar entre sus hojas el charloteo de los huéspedes alados que iban a posarse en las ramas. Sobre el tronco del pino resbalaron una vez diáfanas gotas de resina que quedaron allí, inmovilizadas, como una larga sarta de brillantes.De ellas arrancaban el sol destellos de los siete colores, y el pino estaba satisfecho de ser -tan esbelto, tan oloroso y tan enjoyado- una maravilla viviente.
--¿Se ha fijado usted en mis collares? -se atrevió a preguntar al vecino.
--Sí -aprobó esta vez el poste-; claro que usted llama collares a lo que no son más que gotas de resina. Pero la resina es buena: es aisladora (el pino ignoraba de qué), y es más digno producirla que dedicarse a dar castañas, como ese árbol gordo que está detrás de
usted. Cierto es que, por muchos esfuerzos que usted haga, no conseguirá crear un aislador tan bueno como los míos, pero algo es algo. Le aconsejo que se deje dar unos cortes en el tronco, a un metro del suelo, y así segregará más resina.
--¿No será muy debilitante? -temió, estremeciéndose el pino.
--Naturalmente, debilita mucho, pero resulta más serio. No crea usted que eso se opone a hacer una buena carrera.
--¡Ah! -exclamó el árbol, que seguía sin entender.
--Hasta le favorece, si se me apura. Conocí varios pinos que fueron sangrados bundantemente, que trabajaron desde su edad adulta para la Resinera Española. Y ahí los tiene usted, ahora con muy buenos puestos en la línea telegráfica del Norte, dedicados también a la ciencia.
Aquel año los vendavales de invierno fueron prolongados y duros.
Durante varios días seguidos los árboles no conocieron el reposo. Incesantemente encorvados, cabeceando y retorciéndose, llenaban el bosque del ruido siniestro de sus crujidos y del batir de sus ramas. Les era imposible descansar de tan violento ejercicio y sus hojas secas, arrebatadas por el huracán, parecían llevar demandas de socorro. Temblaban desde las raíces hasta las más débiles ramas, y el viento no se compadecía. A la tercera noche, un cedro no pudo más y se desplomó roto. Las ramas de algunos compañeros próximos intentaron sostenerlo, pero estaban cansadas también y se quebraron y dejaron resbalar hasta el suelo al bello gigante, con un golpe que resonó más allá de la fraga. Todo fue duelo. El hueco que deja en un bosque un árbol añoso es tan entristecedor y tan visible como el que deja un muerto en su hogar. {únicamente el poste pareció alegrarse.
--Al fin se decidió a cumplir su destino -declaró-. Ahora podrán hacerse de él muy hermosas puertas, que es para lo que había nacido; no para esconder gorriones y para tararear tonterías. Y ustedes aprendan de él. ¿Qué hace ahí ese nogal? Otros muchos más jóvenes he tratado yo
cuando se estaban convirtiendo en mesas de comedor y en tresillos para gabinete. ¿Y aquel castaño gordo, tan pomposo y tan inútil? ¿A qué espera para dar de sí varios aparadores? ¡Pues me parece a mí que ya es tiempo de que tenga juicio y piense en trabajar gravemente! ¡Vaya una fraga ésta! ¡No hay quien la resista! Si yo no estuviese absorto en mis labores técnicas, no podría vivir aquí.
Los pareceres de aquel vecino tan raro y solemne influyeron profundamente en los árboles. Las mimbreras se jactaban de tener parentesco con él porque sus finas y rectas varillas semejábanse algo a los alambres; el castaño dejó secar sus hojas porque se avergonzaba de
ser tan frondoso; distintos árboles consintieron en morir para comenzar a ser serios y útiles, y todo el bosque, grave y estristecido, parecía enfermo, hasta el punto de que los pájaros no lo preferían ya como morada.
Pasado cierto tiempo, volvieron al lugar unos hombres muy semejantes a los que habían traído el poste; lo examinaron, lo golpearon con unas herramientas, comprobando, la fofez de madera carcomida por larvas de insectos, y lo derribaron. Tan minado estaba, que al caer se rompió.
El bosque hallábase conmovido por aquel tremendo acontecimiento. La curiosidad era tan intensa que la savia corría con mayor prisa. Quizá ahora pudieran conocer, por los dibujos del leño, la especie a que pertenecía aquel ser respetable, austero y caviloso.
--¡Mira e infórmanos! -rogaron los árboles al pino.
Y el pino miró.
--¿Qué tenía dentro?
Y el pino dijo:
--Polilla.
--¿Qué más?
Y el pino miró de nuevo.
--Polvo.
--¿Qué más?
Y el pino anunció, dejando de mirar:
--Muerte. Ya estaba muerto. Siempre estuvo muerto.
Aquel día el bosque, decepcionado, calló. Al siguiente entonó la alegre canción en que imita a la presa del molino. Los pájaros volvieron. Ningún árbol tornó a pensar en convertirse en sillas y en trincheros. La fraga recuperó de golpe su alma ingenua, en la que toda la ciencia consiste en saber que de cuanto se puede ver, hacer o pensar, sobre la tierra, lo más prodigioso, lo más profundo, lo más grave es esto: vivir.

El bosque animado (1944).
Wenceslao Fernández flores