viernes, 21 de septiembre de 2007

Ojos Negros


OJOS NEGROS
13 y 14 de septiembre de 2007

Rafael Fernández Rubio, Dr. Ingeniero de Minas
Premio Rey Jaime I a la Protección del Medio Ambiente

Un poco de nostalgia y un mucho de agradecimiento. Esto ha sido el fugaz viaje a las antiguas minas de Ojos Negros y a su Barrio Minero.

A caballo entre las provincias de Teruel (Aragón) y de Guadalajara (Castilla La Mancha); a caballo entre las aguas que se van al Océano Atlántico (buscando un río Tajo que rinde cuentas en el estuario de Lisboa), y las aguas que se van al Mar Mediterráneo (buscando un río Ebro, que se abre en delta en Amposta), se encuentra la Sierra Menera, largo costillar descarnado, donde el Silúrico aflora como columna vertebral de la Cordillera Ibérica. Allí duermen hoy las minas de hierro de Ojos Negros, cuya explotación moderna se inicia con los albores del siglo XX, para cesar en 1986. Tal vez, ¡quien sabe!, un día retornen a producir los hierros sin los que no sabemos vivir, u otros minerales que guardan en sus entrañas, como las magnesitas de las que descubrí grandes masas que continúan vírgenes en su subsuelo.

Allí, en el hoy Albergue (antaño oficinas de la Compañía Minera de Sierra Menera), se ha celebrado el tercer encuentro "Arte, Industria y Territorio", al que he sido invitado, como ponente, para dar una conferencia sobre "Arte y Cultura en Minería", en el curso organizado por el Escultor y Profesor de la Licenciatura de Bellas Artes de la Universidad de Zaragoza (Campus de Teruel), Diego Arribas, artífice de estos encuentros, con el marco incomparable de estas antiguas minas a cielo abierto. Artista que ha concebido este lugar como escenario privilegiado para experiencias ligadas al land-art, y activador de su creación plástica.

El objetivo apetecido, para estos encuentros, es reflexionar sobre las repercusiones sociales y medioambientales de la actividad industrial en el medio rural, y cómo el arte puede actuar como catalizador, impulsando y acelerando el proceso de transformación del territorio. Es así que este singular espacio sirve como soporte para la práctica artística, en especial para manifestaciones que vinculan diversas disciplinas y comportamientos artísticos al embrujo del lugar y a la personalidad de sus habitantes. No me digáis que no es una idea acertada, la de proyectar una mirada poliédrica sobre este argumento, con la óptica de especialistas de Arte, Arquitectura, Ingeniería de Minas, Arqueología Industrial y Sociología, gravitando sobre este territorio que, veinte años después del cierre de la explotación minera, espera impaciente y desencantado un proceso de feliz transformación.

En este marco no he podido quedarme para gozar de lo que, seguro, habrá sido la culminación maravillosa: el recorrido por las minas, gozando de las intervenciones de los artistas invitados, y soñando embebido por un concierto de campanas ofrecido por el músico y artista universal que es Llorenç Barber, en el marco incomparable del fondo de la mina Filomena (http://campana.barber.net/)

Si todo este contexto es maravilloso, para mi lo es de manera muy especial, por haber trabajado para estas minas durante más de quince años, dirigiendo la investigación geológica (descubrí las minas: Llano, Corcho y Divisoria), y como responsable de la actividad de drenaje y desagüe.

Pero, además, ahora he tenido la oportunidad única, por primera vez en mi vida, de participar en el "Taller de la Memoria", encuentro público con antiguos mineros de Ojos Negros y, especialmente, con sus esposas (muchas veces, sus viudas)... Recuerdos que se han desempolvado y hecho vida desde la noche de los tiempos; reencuentros donde han surgido rostros no totalmente olvidados, de antiguos trabajadores del laboratorio, y de la forja, y de las minas, y del economato... Madres y esposas de aquellos mineros, de los que muchas veces no he olvidado sus nombres y revivido sus anécdotas; encuentro que ha hecho despertar aquellas fiestas, con sus bailes, y sus vaquillas;...

Emoción inefable la de este ya viejo minero, que ha tenido la dicha de encontrar aquí muchas caras amigas, que han acudido a este encuentro, para ellos impensable, porque en la soledad de sus recuerdos no lo creían posible. Satisfacción grande para ellos, pero infinita para mí. Sus rostros ya no los voy a olvidar, y mi agradecimiento será siempre inmenso, por haber querido estar presentes en la conferencia que tenía programada (aguantándome más de dos horas), para luego convivir en público (más con ellas que con ellos), con un corazón que les rebosa; con un orgullo de su condición de antiguos mineros; con unas raíces bien arraigadas a la tierra con la que lucharon y de la que vivieron... Jamás podría pensar en poder disfrutar de algo tan grande... Para ellos, para todos los presentes y los que se fueron, esta flor viva de sus montes.

Y luego una cena en Monreal del Campo, con profesores de este curso, en aquel Botero, hoy hotel y restaurante, donde viví hace tal vez cuarenta años, cuando apenas era una fonda y casa de comidas, para el viajero que llegaba a este cruzamiento de las carreteras que traen rumbo de Teruel, de Zaragoza y de Alcolea del Pinar. Aquí reviví recuerdos y vivencias, como la de aquella noche en que trabajaba en la habitación, que habría su balcón en el chaflán de la casa; me calentaba con una estufa de lignitos, que con sus humos hacía llorar más que ver; de la cerradura del postigo del balcón había colgado la lámpara con la que iluminaba las fotografías aéreas que estudiaba en estereoscopía; a la puerta llamó la dueña, con el mensaje de la Guardia Civil de Tráfico: "o cierra usted la ventana, o le ponemos una multa por no dar la luz de cruce, porque los automovilistas se despistan con esa luz que usted tiene encendida en frente..."

Aquí cartografié el mapa hidrogeológico, cuando una mañana, que trabajaba por las Salinas del Rey, al regresar al coche (una furgoneta Citroen "dos caballos"), con la mochilla llena de piedras, la Guardia Civil que aguardaba mi llegada me dio el ¡alto, de espaldas y arriba las manos!, encañonándome con sus fusiles. Fui sometido a un "hábil interrogatorio", mientras el aceite y el huevo del bocadillo de tortilla, que estaba comiendo, chorreaba brazo abajo... Habían encontrado, con toda seguridad, a uno de los que aquella noche había asaltado la Caja de Ahorros de Caminreal, llevándose la caja fuerte con el botín. Mis coartadadas no tenían valor alguno: en una paridera habíamos descerrajado la caja, y tenía que decir donde guardaba el dinero. La situación era muy tensa, y el estómago se me descomponía, hasta que en un momento dado mencioné al Gobernador Civil, con nombre y apellidos, y al trabajo que por su encargo realizaba, momento en que pude bajar los brazos y entregarles las llaves de la furgoneta, para su cuidadoso registro...

Recordé también en la cena cuando doblé el chasis del coche en un badén, por caminos de tractores en mitad de los campos; desmonté completo el motor del coche, en el taller, a lo largo de dos días, para adelantar la reparación y, desde aquel momento, su mecánica no tuvo secretos para mí;...

Tras descansar y despedirnos de los amigos, a la mañana siguiente, tras aprovisionarnos de carnes con Denominación de Origen: Aragón, en el matadero de Monreal del Campo, nos encaminamos, Sagrario y yo, al pueblo de Ojos Negros. Tres personas encontramos en sus calles, a pesar de que parece que todavía cuenta con 611 habitantes. Son tierras de inviernos crudos, que alcanzan muchos grados bajo cero; son tierras de buen pan y buena lumbre; son tierras ganaderas, de excelente cordero, que con un buen vino es manjar del cielo; son sus casas de piedra y sus portones de vieja madera y artes de forja; son sus bandadas de pájaros que buscan cobijo en el Torreón del Homenaje, en las torres de las iglesias y en las viejas murallas; son sus bellas esculturas de piedra, del escultor local Felipe Martínez Garcés “El Kpis”, dando ornato a plazas e iglesias;... Kpis que, retratando a esta tierra, supo decir “Nací para el campo y no tengo/ palabras para cantar/ la tierra que voy arando/ sólo amargura me da.”

El escudo heráldico de Ojos Negros muestra, con orgullo, los martillos símbolo de la minería, sobre un castillo de piedra. Pero, si escuchamos a los especialistas en heráldica, nos quitarán esa realidad, para apenas decirnos que “su escudo es cuadrilongo con base redondeada, que trae, de azur, una torre de plata, mazonada de sable, adjurada del campo, cargada, sobre la clave del arco, de un losange de Aragón, sumada de un mazo y una barra de oro, puestos en sotuer, y de una espiga de lo mismo, puesta en palo, y flanqueada de sendos roeles de sable fileteados de oro. Al timbre, Corona Real abierta, que se compone de un aro engastado de piedras preciosas y sumado de ocho florones de hojas de apio (de los cuales se ven cinco) con perlas intercaladas”.
Pero ¿De donde le viene el nombre?... El nombre procede de "hoyos negros". Antiguamente, para explotar el mineral, se excavaban galerías bajo él, por las que entraban los vagones para cargarlo. Desde las galerías, cada varios metros de distancia, se perforaban en su techo "chimeneas", atravesando la masa de mineral (óxidos de hierro); chimeneas que se cerraban en la parte inferior con una tolva, bajo la que se colocaba la vagoneta. Una vez abierta la tolva el mineral, empujado desde superficie y arrancado en el entorno de la chimenea, se cargaba en la vagoneta. Así la chimenea se iba agrandando, tomando forma de embudo, en el que muchas veces había que colgarse para arrancar el mineral y que cayera por la tolva, con el riesgo de arrastrar también al minero. Esas hileras de conos invertidos, excavados en el mineral, eran los "hoyos negros".

Este Ojos Negros lo viví mucho en una época floreciente de su minería, que fue el motor que desarrolló su economía. Dicen que en las minas llegaron a trabajar 4.000 hombres (me parecen muchos), pero sí recuerdo cuando lo hacían varios centenares, y aquí estaban los mejores coches y las mejores fiestas del entorno. Tras el cese de la actividad minera tubo que volver a una agricultura de difícil sostenibilidad económica, por su fría climatología y sus yermas tierras.

Nos paramos en su plaza mayor, para contemplar la ermita de estilo románico de Santa Engracia, patrona de la villa, en cuya fachada destaca una hermosa talla en piedra, también de “Kpis”, que fue trabajador del campo, pastor y minero. También suya es la escultura “Mi Aguadora”, que se alza sobre la Fuente del Peral, en el centro de esta recoleta plaza, figura en piedra esta última que muestra a una moza portando en su mano derecha un botijo, y en la izquierda un tonel y una cántara bajo el brazo. Su autor escribía: “Mis esculturas no las hago para cobrar, las hago con mucho amor y orgullo, para que mi pueblo las pueda admirar”; algo así, en otro ámbito y con otros horizontes podría suscribir yo también.

En su proximidad portalones muy antiguos, herméticamente cerrados, tal vez desde hace mucho tiempo, que sus oriundos aquí acuden, desde cualquier geografía, convocados anualmente al reencuentro del verano y de las fiestas locales.

Arriba unas murallas, dicen que romanas, y las ruinas de un castillo de época medieval, custodiado por una torre de vigía, y no muy lejos las ermitas dedicadas al Santo Cristo, y a San Pascual, y a la Virgen de los Dolores y a San Roque…

Dejando mis ojos y mi corazón pegados a tantos recuerdos de antaño, a tantas veces discurrir por esta carretera zigzagueante que lo atraviesa; reviviendo años pasados cuando la prisa iba por delante; sorbiendo sorbo a sorbo el espíritu de estas piedras; empañando a veces los ojos en lágrimas furtivas; andando a paso corto por estas calles; mirando despertar de un sueño... salgo, a paso quedo, mirando atrás, frenando el andar. Si poeta fuese aquí quisiera dejar en mis labios los jirones de un recuerdo, la brisa de un pasado, el dormir de un sueño... pero, como caballero andante, he de proseguir el caminar de la vida, he de mirar hacia delante, he de soñar que algún día volveré a estas mismas calles, a estas mismas plazas, a estos mismos aires, para respirar profundo y en el corazón quedar prisionero. Ojos Negros: tu recuerdo no me abandona, tu recuerdo me da vida, tu recuerdo me da consuelo ¡te quiero!

Carretera adelante subimos las curvas y recurvas para llegar a esa panorámica que nos ofrece el molino de viento que, cual atalaya, espera de quijotes montados en su rocinante, para ser catapultados a los aires. Su figura esbelta dominante de paisajes; sus aspas prestas para girar en la rueda de los vientos; sus largas historias, de noches tenebrosas y amaneceres luminosos, son inspiración para este viajero que rinde, a sus pies, tributo a tantos esfuerzos de hombres y mujeres, anónimos, que de estos vientos bebieron, y en ellos se curtieron. Enormes buitres sobrevuelan nuestras cabezas, son señores de los cielos, que conocen a la perfección esas corrientes térmicas, para enseñorearse en un planear sin esfuerzos; para pasar totalmente de estos bípedos y seguir otros derroteros.

Al pie del viejo molino son las calizas las que llaman mi atención, con sus seculares líquenes, con sus huellas de disolución, para volver a donde empezaron. Son las rocas del Jurásico y del Cretácico, que saben de viejas historias de fondos de mares, y que ahora, en un proceso dinámico lento pero impasible son erosionadas y transportadas al fondo marino, para un volver a empezar sin pausa y sin prisa.

El paisaje, hacia occidente, muestras los relieves de la Sierra Menera, excavada por el hombre, en busca de sus minerales de hierro, y hoy coronada por generadores de energía eólica. El horizonte lo marcan crespones de nubes, que se estrellan contra este contrafuerte; las trae la misma energía que va a mover a estos “molinillos”, diciéndonos que esa energía es renovable, que la tendremos hoy y que llegará también mañana.

Esas montañas me llaman, son como el imán de mis apetencias, y allá me encamino. Vuelvo a andar por las mismas pistas, infelizmente sin tener que apartarme por la llegada de uno de aquellos dumper, mastodónticos, que transportaba el mineral hasta la planta de clasificación, y el estéril hacia las escombreras.

Subo, recordando metro a metro, roca a roca, las pistas en las que tantas veces marqué mi huella. Me adentro en la mina Barranco, con sus verticales escarpes entre bermas, con sus abigarrados colores, con sus cerros testigo de ankerita, con sus crestones cuarcíticos del Silúrico, coronando el colosal anfiteatro, para mostrarnos en sus entrañas a las pizarras gris ceniza con sus graptolites, y a las arcillas versicolores, y a ese mineral de hierro, principalmente compuesto por oligistos y ocres, sin faltar las goetitas, manchando a las densas masas de barita. Pero aquí también se esconden magnesitas, aquellas que los mineros, despectivamente, llamaban “carbonato”. Y que nadie ha querido, hasta ahora poner en valor.

He visto, todavía equipados, aquellos sondeos que permitían el desagüe profundo de las minas, aportando un agua de excelente calidad; un agua verdaderamente mineral natural, que podría servir para abastecer a una importante planta embotelladora. He cerrado los ojos, y he volado en sueños en un mirar hacia atrás, que me ha hecho reencarnarme en aquel ingeniero que subía por todos los peñascos, medía sus rumbos y buzamientos, cartografiaba al detalle lo que le serviría de base para marcar los sondeos de investigación, que permitirían localizar un mineral que prolongó la vida de las minas, cuando muchos de los que allá trabajaban eran ajenos a esa necesidad de localizar nuevos recursos, para que la producción continuase.

He dialogado, una y otra vez, con las rocas que tenía en frente; les he agradecido su generosidad y las enseñanzas que me prestaron; he esperado la “voladura” que ahora no llegaría; he soñado que un día aquí volverá la vida, y que los hijos de aquellos mineros volverán a sacarle a la tierra sus ocres tesoros, y que bajarán por aquellas pistas entonando su: “Santa Bárbara bendita, trailarálará, trailará, Patrona de los Mineros...”

A ellos, a los que dejaron aquí su piel y sus pulmones, a los que rompieron el silencio con la explosión de la dinamita, a los que vieron su rostro y sus manos embadurnadas del ocre del mineral, a ellos, con toda mi admiración y afecto, dedico estos recuerdos, que nacen espontáneos en el corazón, como los cardos lo hacen hoy entre aquellas piedras…

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